AMOR, SE NOS FUE DANIEL

Existen personas que aun cuando no son fecundos escritores, ni grandes intelectuales, tampoco hombres de ciencia, ni elocuentes políticos, y sin embargo no pasan desapercibidos, dejan huellas indelebles en quienes le rodean.

Una de esas personas es Daniel José Rojas Osechas, quien posee un carisma especial, un don que le hace inolvidable: su sonrisa característica, una actitud positiva ante los distintos desafíos de la vida, un corazón humilde, generoso, un amigo sincero y franco; una increíble disposición para servir; una anécdota a flor de labios; una espléndida capacidad de reír, que le hizo reír hasta de sus torpezas, como no pronunciar la “erre”, que suplía con una carcajada.

Creció al abrigo de Evangelina y el viejo Ossian, de quienes aprendió el arte de servir,  junto a sus hermanos mayores, Abigail, David, Jesús, Domitila, e Isaías, quienes de una y otra manera coadyuvaron al cultivo de aquella atractiva personalidad que desbordaba en sonrisas, afecto, anécdotas, alegría, cualidad que le hacia el “alma” de las reuniones.

Desde niño caminó en el sendero de la vida cristiana a su estilo, no fue un creyente afecto a la vida eclesiástica, sin embargo hizo de su capacidad de servir, la forma como cultivar la devoción cristiana, de seguir el ejemplo de Jesucristo.

En los distintos espacios donde se movilizaba hay infinidad de personas que recibieron de Daniel una muestra de solidaridad, de afecto, de apoyo, manifestado no solo en su sonrisa, sino en las distintas formas de servir, porque nunca llegó a un sitio con las manos vacías; y esta fue su ingenua, sencilla y maravillosa manera de servir a Jesucristo; porque el Señor declaró en la Palabra: “Por cuanto lo hiciste a uno de mis hermanos más pequeños, a mí lo hiciste.”, y Daniel lo supo hacer.

Este espléndido hombre caló profundo en la vida de su Emma, Daniela, Vero, Rafa, Winston, y Ana Vero, su núcleo familiar más cercano; y ese círculo se fue extendiendo hacia sus hermanos, cuñados, sobrinos, demás familiares, tías, primos, compadres, amigos, conocidos; inmensos círculos concéntricos de afecto, estima, aprecio, de amor, en cuyo eje está la inolvidable imagen de Daniel con su característica sonrisa.

Cuando niño, el abuelo Ossian, le llamaba cariñosamente “el feo”, luego sus hermanos le cambiaron aquel cariñoso nombre por “El Gato”, dado el hecho que, travieso como era, se comió uno huevos de iguana que sus hermanos, David, Isaías,  y Jesús, estaban secando al sol, cuando ellos le preguntaron qué había pasado con los huevos de iguana, Daniel respondió: “Se los comió el gato”; como ellos intuían el verdadero responsable de la desaparición de los huevos, le dijeron: “El gato eres tú”. En ese momento nace el familiar apodo.

El sábado 20 de julio, pasó a otro nivel, a uno superior. En la mañana de ese día, su hermana Mayor, Abigail; se me acerca llorando, y con voz quebrada por el intenso dolor me dice: “Amor, se nos fue Daniel”, una frase contentiva de un mensaje doloroso, y al mismo tiempo cargado de fe y esperanza.

Es que Daniel no ha muerto, en el instante que su corazón dejó e palpitar, y exhaló el último aliento, su alma maravillosa se desincorporó de su cuerpo, y comenzó el fascinante recorrido a la Morada Celestial. Conforme dice la Palabra, su alma es recibida por los ángeles y llevado a la Presencia del Padre Celestial, de Jesucristo, para disfrutar la vida eterna que se promete a los que creen en Cristo, en compañía de todos los amados que le antecedieron: Juana Domitila y Ossian, los abuelos; Jesús y Eva, sus padres, y toda la gran familia de la fe.

Daniel no está muerto, vive en la morada que Jesucristo nos promete:

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre, muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy pues a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis.  

Juan 14:1-3.

Es humano, y natural sentir dolor por la partida de este maravilloso ser; y de igual modo es comprensible llorar, experimentar sufrimiento por su ausencia entre nosotros; y es conveniente y sano expresar ese dolor.

Ante esa realidad, la ausencia de Daniel, es conveniente visualizar su destino, el lugar donde actualmente se encuentra, ¿cómo es “la morada en casa de mi Padre”? Apocalipsis nos da una idea como son las condiciones de aquel lugar:

 Y oí una gran voz del cielo que decía: He aquí el tabernáculo de Dios con los hombres, y él morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y Dios mismo estará con ellos como su Dios. Enjugará Dios toda lagrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron.

Apocalipsis 21:3-4.

Medita en el mensaje de esta frase: y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las primeras cosas pasaron. Como estás pensando, para Daniel “las primeras cosas pasaron”, disfruta las otras.

Daniel, con su sencillez, y estilo de vida, nos deja una lección, que es bueno tomar en cuenta. En el libro de Eclesiastés hay una interesante cita, que a veces pasamos desapercibida, veámosla:

Llego así a esta conclusión: primero, que no hay para el hombre nada mejor que ser feliz, y pasarla bien mientras pueda; segundo, que debe comer, beber y disfrutar el fruto de su trabajo, pues estos son dones de Dios. Eclesiastés 3:12-13. Santa Biblia en Paráfrasis.

Dios no nos trajo al mundo para sufrir, tampoco hay que esperar hasta ir al cielo para ser felices; la felicidad, o el sufrimiento es una elección; uno elige el destino, y Daniel eligió el suyo, ser feliz.

Dios quiere que seamos felices acá en la tierra, y nos deja su Palabra para encontrar los principios de la felicidad; Salmos uno contiene uno de esos principios que asegura felicidad y prosperidad.

A este respecto uno recuerda las inolvidables sesiones de anécdotas y vivencias propias que contaba como el mejor cuenta cuentos, imitando las voces de los personajes aludidos, para regocijo de los oyentes; y muchas veces estimulado por Rafa, o alguna de sus sobrinas, repetía otro chiste al cual añadía otro detalle para alegrar la velada.

No faltaron canciones llaneras de autores conocidos, y las rancheras de sus cantantes favoritos. A sus cumpleaños acudían familiares y amigos, seguros de pasar un grato tiempo, y degustar las deliciosas comidas y ricos postres elaborados por Emma y sus tesoros, Daniela y Vero.  

Finalmente dice Apocalipsis 14:13, así:

Oí una voz que desde el cielo me decía: Bienaventurados de aquí en adelante los muertos que mueren en el Señor. Si, dice el Espíritu, descansarán de sus trabajos, porque sus obras con ellos siguen.

Apocalipsis 14:13.

Daniel descansa de sus trabajos, y sus obras con él siguen, para comprender cuales obras, piensa en las múltiples manifestaciones de afecto hacia todos nosotros, familiares y amigos; ve por los caminos de San Nicolás y sus alrededores y conversa con la inmensa cantidad de personas quienes recibieron un pedacito e amor de este entrañable amigo.

Circunstancias de la vida hicieron que la familia se trasladara a Santiago de Chile, Rafa fue el pionero, y fue motivando al resto de la familia para reunirse en aquella ciudad; como Ana Vero fue un fuerte lazo, decide viajar con Emma al reencuentro; en aquella hermosa ciudad Daniel parte hacia su destino, la morada celestial.

Esta eventualidad propicia que los Rojas y todos los allegados a esta gran familia, estemos físicamente separados, sin embargo hoy Daniel fortalece nuestros lazos de afecto, amor y solidaridad, para estar más junto que nunca, pues la distancia no lo mengua el amor, lo aviva.

Querido Amigo, no pudimos recorrer “Apure en un Viaje”, como lo planeamos aquella vez, un día viajaremos, pero por todos los rincones del sitio donde hoy te encuentras.

Daniel nos deja otro legado, por intermedio de Emma nos deja un pedazo de sí mismo materializado en Daniela, Vero, y Ana Vero; hacia ellas nuestro afecto, amor, solidaridad.

Dios bendiga y consuele a los Rojas Araujo, los Rojas Osechas, y sus allegados.

A Dios sea la Gloria.

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